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Desde el primer momento, Danny apoyó, promocionó y defendió este congreso. Pero para quien no se deja llevar por el marketing político, el proyecto ya olía a podrido antes de empezar. La lista de asistentes y las ausencias deliberadas no hicieron más que confirmar lo evidente: esto no fue un encuentro de la izquierda revolucionaria. Fue un ejercicio de imagen sin columna vertebral.

1. Unir a la izquierda liberal y woke con el socialismo es tirarse un tiro en el pie

No se necesita un máster en teoría política para saber que mezclar corrientes irreconciliables bajo un mismo cartel no genera unidad: genera desgaste, contradicción y traición de principios. Danny acierta en algunas observaciones, pero sigue esquivando lo fundamental: el congreso fue un fracaso estratégico. Si el objetivo era construir una línea clara, el resultado fue un cocktail ideológico sin dirección ni filo.

2. Ausencias que gritan, presencias que cuestionan

Si de verdad buscaban rigor, habría que responder preguntas. ¿Por qué no estuvo Santiago Armesilla? ¿Qué tiene que ver un congreso que se dice socialista con la presencia de separatistas antiespañoles? Si tanto hablan de culturas “tradicionales” o “religiosas”, ¿cómo encaja eso con el internacionalismo proletario y la lucha de clases? Y lo más absurdo: ¿quién tiene la cara de soltar “Dios es socialismo” en un espacio que debería anclarse en el materialismo histórico sin que se le caiga la cara de vergüenza? Si no son capaces de señalar estas grietas, todo lo que digan después es palabrería vacía.

3. Rusia no es la URSS y pretender lo contrario es una mentira descarada

Yo vivo en Rusia, y celebrar un congreso socialista en este territorio es ignorar la realidad a plena luz del día. Aquí no hay espacio para la organización obrera independiente; los sindicatos son controlados, la disidencia es reprimida y la economía gira en torno a oligarcas y políticas neoliberales disfrazadas de soberanía. Lo más grave es que partidos como Rusia Justa, que se cuelgan la medalla de representar a las izquierdas, son los primeros en apoyar acríticamente a Putin y sus planes liberales. Su complicidad no es un error táctico: es una traición de clase. Mientras ellos legitiman un régimen que precariza y explota a la clase trabajadora, pretenden que este es el escenario ideal para un congreso socialista. Es un insulto a la memoria obrera y a la realidad material que vivimos aquí.

4. La ausencia de autocrítica pública no es prudencia, es complicidad

Cuando un proyecto político acumula contradicciones, ausencias estratégicas y alianzas cuestionables, el silencio no es elegancia: es cobardía. No se puede pretender liderar o representar a la izquierda mientras se ignoran las grietas estructurales de su propio evento. El juego del poder siempre existe, pero disfrazarlo de debate revolucionario es cinismo. Quien convoca, responde. Y hasta ahora, la respuesta ha sido el vacío. Si no hacen una autocrítica pública, clara y sin parches, solo están demostrando a quién le deben lealtad y quién tira de los hilos detrás del telón.

Danny insistió en que el congreso rescataba el valor de figuras clave como Booker Omole, presentándolo como un ejemplo de “revolucionario en acción”. Si no son capaces de hacer una autocrítica pública sobre lo que salió mal, por qué fracasó la convocatoria, quién fue invitado y quién quedó fuera, entonces todo el discurso se reduce a postureo. La izquierda no se construye con aplausos mutuos ni con fotitos en lugares bonitos. Se construye con rigor, con honestidad brutal y con la valentía de señalar los propios errores antes de exigir credibilidad. Si no están dispuestos a asumir sus contradicciones, dejen de hablar de socialismo. La clase trabajadora no necesita teatralidad: necesita dirección.

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